Después de la gélidas noches
de Jo’Burg, del tiritar de las
madrugadas, de la dureza
de la tierra del Gauteng, la llegada a
Durban resulta una delicia. Al sur de
la tierra Zulú, el Puerto más grande de
África acaricia las olas verdes y azules
el Océano Índico. La temperatura agradable
día y noche, bordeando los veinte
grados; y el día de nuestra llegada
un regalo de bienvenida: a través de la
ventana del albergue se divisaba una
ballena saltando entre la espuma.
Durban posee un ritmo de vida diferente.
Una ciudad donde la vida en la
playa se combina con un comercio portuario
impresionante, es el hogar de la
comunidad de indios más grande fuera
de su país. El Mercado de Victoria,
en el centro (aquí todas las calles están
cambiando de nombre lo cual hace
cualquier indicación provisoria), los
olores de las especias de más oriente
junto a las de esta tierra producen un
efecto exaltante de todos los sentidos.
Olores y colores de los curries, del garam
masala, del exterminador de suegras
-una mezcla de chiles y otros condimentos-
que promete acabar con el
más bravo, que se suman a los colores
y olores de los fanáticos que han venido
de Corea, Nigeria, Holanda, Eslovaquia,
Portugal y Brasil a ver los partidos
ya sea en uno de los estadios con
el diseño más espectacular o en el Fan
Fest que, aprovechando las delicias de
esta tierra, se encuentra en la misma
playa, permitiendo así que tiburones,
ballenas, delfines y surfistas también
se hagan participes de esta fiesta.
La primera noche por el barrio de
Berea, luego de celebrar el triunfo de
Sudáfrica contra el imperio francés en
la playa al ritmo de la vuvucelas, buscamos
un lugar para comer algo y probar
un nuevo vino del oeste (Durban no
es tierra de vinos. Más sobre este tema
cuando llegue a Ciudad del Cabo). Sólo
pescado y mariscos anuncia un lugar.
Pido un plato de camarones preparados
a la mozambiqueña y cuando llega
esa textura, la salsa que lo acompaña,
la forma y su olor, no puedo evitar recordar
otros camarones y otro tiempo:
muchos años antes, cuando niño, cuando
comía camarones del río Huasco en
Chile (que siguen siendo los más exquisitos
del mundo) mi abuela solía pelarlos
para mí y dejármelos así, en un plato,
como un penal para el cual el arquero se
ha retirado. Mi abuela. Es curioso como
esta tierra tan lejana me trae su recuerdo
en cada esquina y cada detalle. Mas que
momento proustiano, comer esos camarones
es volver a la vida de nuevo, sentir
que ella sigue ahí presente… Esta crónica
esta dedicada a ella.
El estadio, como sabemos, esta adornado
por un arco que lo cruza de un
extremo a otro. En ese arco es posible
tomar un ‘cable car’ para pasear por
sobre la cancha (hasta ahora no estaba
permitido hacerlo durante el desarrollo
de un partido), y tener una vista de
la bahía. Cuando llegamos, caminando,
pues el estadio queda muy cerca de la
playa, éste, iluminado y lleno de banderas,
nos recibe en todo su esplendor.
Una experiencia estética se lleva a
cabo en un espacio que en sí ya la es.
Y pienso mientras comienza el partido
en el museo de arte de Durban donde
esa misma mañana hemos visto la exposición
sobre el campeonato de fútbol
callejero que se efectuó en esta ciudad
hace un año. Niños que viven en las
calles de ocho países se juntaron para
mostrar que hay algo más que la miseria
en sus vidas. El fútbol puede también
ser esa esperanza. Y otra: Corea
gana el partido. ¿Qué traerá el mundial
para la pobreza que se ve en este país
maravilloso? Las olas del público y un
beso entre una coreana y un nigeriano,
un holandes y una eslovaca…
El proximo partido es mañana. Por
el día un breve viaje a Eshowe, el Corazón
de la tierra Zulú, donde el gran
Shaka Zulu combatió hasta su muerte
a otros jefes y al hasta ese entonces invencible
ejercito británico. Tierra de la
caña de azúcar, de colinas que se confunden
en playas eternas, algunas casi
no holladas por pie humano. Y la vida
del día a día (intento comprender algo
de Zulú, pero mi vocabulario es mínimo)
se confunde con el invento para los
turistas de estos guerreros aguerridos,
polígamos y salvajes. Shaka Land mantiene
el set que se creó para la serie televisiva
de los años ochenta, uno puede
comprar ‘atuendos zulús’, pero la vida
esta en otra parte. En los mercados
donde uno quiere comprar un kilo de
naranjas, un litro de leche, o preguntando
cómo llegar al bar que le habían
dicho vendía esa cerveza tan rica que
es la Zulu Blonde.
Estoy en una playa contemplando
las olas que rompen, no se ve a nadie
kilómetros a la redonda. Sólo las dunas,
los cangrejos y el rumor del mar
que es una caricia y un vestigio. Caricia
también la del sol y vestigio de ese norte
de otro país donde solía caminar…
Pero he de volver a Durban. El fútbol
continua y aunque el tiempo ahora no
nos acompaña -es el primer día con lluvia
desde que comienza el mundial en
estos lados- preparo mi almuerzo con
los peces que sacamos en altamar mirando
el amanecer y el Puerto inmenso.
Me preparo para el siguiente. Gillian y
Nick quieren que gane Argentina, Clare
y Luisa van por Mexico, no son ni
lo uno ni lo otro. Pero no importa de
donde uno sea. Y al final que más da
quien gane. Hoy los ingleses están tristes
y los alemanes celebran. Mañana
sera otro día y yo, por mientras, miro
la luna que casi llena reverbera en el
mar y escribo estas palabras feliz por
la memoria y los camarones.
Wednesday, August 4, 2010
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